viernes, 26 de agosto de 2016

La Ley y la Gracia análisis


¿Por qué dirá el hombre que puede ser salvo por las obras de la ley cuando ni siquiera sabe lo que él es? Se debe a que el hombre no sabe lo maligno que es él; no sabe que es carnal. Ya que el hombre se ha hecho carnal, hay tres cosas en él que nunca cambian: su conducta, su lujuria y su voluntad. Por causa de que el hombre es carnal, todo lo que haga es pecaminoso y maligno. Al mismo tiempo, la lujuria dentro de él está tentándolo, provocándolo activamente a pecar todo el tiempo. Además, la voluntad y el deseo del hombre rechazan a Dios. Puesto que la conducta del hombre está en contra de Dios, su lujuria lo provoca a pecar y su voluntad se rebela contra Dios, de ninguna manera puede hacer las obras de la ley y ser obediente a Dios. Por lo tanto, es imposible que el hombre satisfaga las demandas de Dios por medio de la justicia de la ley.

No solamente tenemos una conducta exterior, también tenemos la lujuria en nuestro cuerpo. No solamente tenemos la lujuria en nuestro cuerpo, también tenemos la voluntad en nuestra alma. Tal vez usted pueda tratar con su conducta, pero la lujuria que se mueve dentro de usted, aunque no logre pecar, la conducta exterior existe en usted y lo provoca todo el tiempo. Y aunque usted odie su lujuria y se esfuerce en tratarla, su voluntad no es compatible en lo más mínimo con Dios. Muy dentro de su corazón, el hombre es rebelde para con Dios y quiere crucificar al Señor Jesús. Por un lado, la cruz significa el amor de Dios; pero por otro, significa el pecado del hombre. La cruz significa el gran amor que Dios tiene para tratar al hombre; pero también representa el inmenso odio que el hombre tiene para con Dios. El Señor Jesús fue crucificado en la cruz no solamente por los judíos, sino también por los gentiles. La voluntad del hombre para con Dios nunca ha cambiado. La voluntad del hombre está totalmente enemistada con Dios.

Romanos 8:7-8 dice: “Por cuanto la mente puesta en la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede; y los que están en la carne no pueden agradar a Dios”.
La mente puesta en la carne es enemistad contra Dios. Aquellos que están en la carne no están sujetos a la ley de Dios, ni tampoco pueden. No entendemos al hombre lo suficiente. Todavía creemos que el hombre puede curarse y ser útil. Entonces, decimos que las obras de la ley aún pueden salvar al hombre. Pero el hombre nunca se puede sujetar a la ley de Dios; eso simplemente no está en nuestra naturaleza. En nuestra conducta no existe el poder de sujetarse a la ley, ni en nuestra naturaleza. No sólo somos incapaces de sujetarnos a la ley, simplemente no estamos dispuestos. Ser incapaz de estar en sujeción corresponde a nuestra naturaleza y nuestra lujuria; no estar dispuesto a estar en sujeción corresponde a nuestra voluntad. Básicamente, el hombre no está sujeto a Dios en su voluntad. Por lo tanto, la ley no manifiesta otra cosa que la debilidad, la impureza y la pecaminosidad del hombre. No manifiesta la justicia del hombre. Si alguien dice que una persona puede tener vida y ser justificada por las obras de la ley, en realidad no conoce al hombre. Si el hombre no fuese carnal y pecaminoso, tal vez la ley lo vivificaría. Por esto es que Gálatas 3:12 dice: “El que hace estas cosas vivirá por ellas”.

Lamentablemente, todos los seres humanos son pecadores. Son carnales y no tienen poder para sujetarse a Dios, ni tienen ganas de sujetarse a Dios. El hombre no tiene poder para hacer las obras de la ley, ni tampoco tiene el deseo de hacerlas. La ley es buena, pero la persona que hace las obras de la ley no lo es.
Segunda Timoteo 1:9-10 dice: “Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito Suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, el cual anuló la muerte y sacó a luz la vida y la incorrupción por medio del evangelio”.

Aquí el apóstol Pablo nos dice que Dios tuvo un propósito, y lo tuvo antes de los tiempos de los siglos, antes de la creación del mundo. Este fue el propósito original de Dios. Y ¿qué clase de propósito era?

 Pablo dice que esta gracia nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos. Antes de que el hombre hubiera pecado, e incluso antes de la creación del mundo, Dios ya había decidido darnos Su gracia por medio de Cristo Jesús. Por lo tanto, la gracia fue el propósito original de Dios. Fue algo que Dios planeó desde el mismo comienzo.
¿Por qué Dios quiso darnos gracia? Pablo dice que Dios nos “llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito Suyo y la gracia”. La voluntad de Dios consiste en dispensar Su gracia, y esta gracia nos salva. Él nos salvó y nos llamó con llamamiento santo para que disfrutemos Su gloria. Esto es lo que hace la gracia de Dios. Él quería salvarnos y llamarnos con llamamiento santo según Su propósito, conforme a lo que planea hacer. Aquí Pablo era muy cuidadoso; él agregó una frase para mostrarnos si la ley concuerda con el propósito de Dios. Él dice: “No conforme a nuestras obras”. Dios no nos salva conforme a lo que podemos hacer para Él; no depende de cuánta responsabilidad podamos cargar ante El. Más bien, es Dios que viene para lograr algo para nosotros, y es Dios el que nos da Su gracia. Esta gracia siempre estaba relacionada a Su plan. Así que recordemos que antes de los tiempos de los siglos, el concepto de Dios era la gracia, no las obras, ni la ley.
Pablo prosigue diciendo: “Que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús”. Esta gracia no había sido manifestada anteriormente. Por lo tanto, aunque ustedes vean que esta gracia había sido planeada hace mucho tiempo, no fue sino hasta que el Señor Jesús vino que supimos lo que era gracia. ¿Qué es lo que esta gracia hace por nosotros? Sigamos leyendo: “El cual quitó la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio”.

Después de que el hombre fue creado, tanto Adán como Eva pecaron y se rebelaron. El pecado entró al mundo por medio de un solo hombre. Pero Dios no le dio la ley al hombre en ese momento. Por un espacio de casi 1600 años después de que el hombre pecó, Dios no le dio la ley. Dios no le impuso demandas durante ese tiempo. Dios dejó que la historia siguiera su curso normal. Luego, un día, cuatrocientos treinta años antes de que Moisés instituyera la ley, Dios habló a Abraham, el padre de la fe, y lo escogió para que por medio de él Cristo viniera al mundo. Dios escogió a Abraham y le dio la gran promesa de que todas las naciones serían bendecidas por medio de su simiente (Gn. 12:3; 22:18). Vale notar que la simiente está en singular, no en plural; es una simiente, no muchas.
Pablo explicó en el libro de Gálatas que esta simiente se refiere al Señor Jesús (Gá. 3:16). Cuando Dios le habló a Abraham, fue la primera vez que Dios reveló el propósito que había planeado antes de los tiempos de los siglos. Dios le dijo que el propósito, de antes de los tiempos de los siglos, era que por medio de su simiente, Jesucristo, las naciones serían bendecidas. Abraham era un adorador de ídolos, sin embargo Dios lo escogió y le dio una promesa. Él fue el primero que no tuvo obras; él era una persona de fe. Así, Dios reveló Su propósito ante él.

Aquí hay que prestar atención a un punto en especial. Lo que Dios dijo a Abraham es incondicional. Dios simplemente dijo: “Yo salvaré y bendeciré al mundo por medio de tu simiente”. El no impuso ninguna condición. Dios no dijo que los descendientes de Abraham tenían que hacer esto o aquello, ni que el reino que saldría de él tenía que ser así o asá antes de que tuviera la simiente y el mundo fuese bendecido. No. Dios simplemente dijo que él tendría una simiente que salvaría al mundo. No importaba si Abraham fuese bueno o malo; no importaba si sus descendientes fuesen buenos o malos; y tampoco importaba si su reino fuese bueno o malo. No había ninguna condición adjunta. Esta era la manera en que Dios quería hacerlo. El haría que la simiente trajera bendición para la gente en el mundo.
Después de esta palabra, Cristo el Hijo de Dios no vino inmediatamente al mundo. Abraham engendró a Isaac, pero Isaac no vino para salvar al mundo. Isaac no era el Hijo de Dios.
Cuatrocientos treinta años después, Moisés y Aarón vinieron. Y aunque eran personas muy buenas, ellos no eran el Cristo de Dios. Por medio de la revelación de Dios, Pablo nos señaló que la simiente de Abraham no se refiere a muchas simientes, sino a una sola, que no vino sino hasta dos mil años después. Hay una razón muy importante por la que la simiente no vino antes. Es verdad que Dios quiere hacer cosas para el hombre, que Dios le quiere dar gracia al hombre. No obstante, ¿dejará el hombre que Dios lo haga? Dios ve que no estamos bien, y por lo tanto quiere ayudarnos; pero tal vez creamos que somos muy capaces. Somos malignos, pero tal vez nos consideremos buenos. Estamos sucios, pero tal vez nos consideremos limpios. Somos débiles, pero tal vez nos consideremos fuertes en todo. Somos inútiles, pero tal vez nos consideremos útiles. Los seres humanos somos pecadores y totalmente incapaces, pero tal vez nos consideremos buenos y capaces. El propósito de Dios desde antes de los tiempos de los siglos era dar gracia, y en el tiempo le dijo a Abraham que Él le daría la gracia al hombre. Pero debido a que el hombre era ignorante, débil, inútil, pecador y merecedor de la muerte y la perdición, Dios no tuvo otra alternativa que dar la ley al hombre cuatrocientos treinta años después de que le dio la promesa a Abraham. Después de que Dios le dio la ley al hombre, éste descubrió que era pecador. Dios puso la ley para dejar que el hombre descubriera por sí mismo si fuera bueno o no, y si era capaz o no. Dios puso la carga de la ley para que el hombre viera si podía cumplirla o no. Recordemos que la intención original de Dios no era dar la ley. Debo recalcar que la ley fue algo agregada para satisfacer una necesidad temporal. No era parte de la intención original de Dios.
Veamos Gálatas 3:15-22. Debemos considerar estos versículos cuidadosamente porque son muy importantes. El versículo 15 dice: “Hermanos, hablo en términos humanos: Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade”.

 Hagamos a un lado el pacto que el hombre tuvo con Dios por un momento y consideremos los pactos que los hombres hacen entre sí. Supongamos que alguien vende una casa, y un contrato fue acordado y firmado. ¿Puede el vendedor venir más tarde a pedir doscientos dólares más? ¿Puede, después de firmar el contrato, pensar un poco más y romper el contrato? No. Incluso con los contratos entre los hombres, una vez que son firmados, es imposible agregar o quitar condiciones. Si entre los hombres un contrato es así, ¡cuánto más el pacto entre Dios y el hombre!

¿Cómo hizo Dios Su pacto con el hombre? El versículo siguiente dice: “Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente” (v. 16). Dios hizo un pacto con Abraham por medio de promesas porque se relaciona al futuro. Lo que se ha cumplido es la gracia; lo que aún no se ha cumplido es la promesa. Puesto que el Señor Jesús aún no había venido, no podemos decir que el pacto que Dios hizo con Abraham era gracia. En realidad, su naturaleza era gracia, pero aún no se había manifestado, así que todavía era una promesa. Esta promesa fue dada a Abraham y a su simiente. Pablo dice: “No dice: „Y a las simientes‟, como si hablase de muchos, sino como de uno: „Y a tu simiente‟, la cual es Cristo” (v. 16). La simiente es singular, no plural; es una, Cristo. Dios le prometió a Abraham que él produciría a Cristo y que por medio de Cristo las naciones serían bendecidas. El versículo 14 dice: “Para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por medio de la fe recibiésemos la promesa del Espíritu”.

Este es el pacto que Dios hizo con Abraham. Dado que Dios quiere bendecir las naciones por medio de Cristo Jesús, ¿por qué le dio la ley al hombre cuatrocientos treinta años después? Ya que el pacto que Dios hizo con Abraham no podía ser anulado ni suplementada, ¿por qué no vendría el Señor Jesús para darnos gracia? ¿Por qué tuvo que intervenir el problema de la ley? Usted tiene que ver el argumento que Pablo daba. Pablo explicaba por qué, después de cuatrocientos treinta años, vino la ley. El versículo 17 dice: “Esto, pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios, la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa”. Aunque Dios le dio la ley al hombre, el pacto que El había hecho cuatrocientos treinta años antes no podía ser abrogado. 

Dios no podía cancelar el pacto que ya había hecho al pensarlo mejor cuatrocientos treinta después. La ley es algo totalmente contraria a la promesa y a la gracia. ¿Qué es la promesa? Es algo dado a alguien gratuitamente. Aunque no lo tenga todavía, lo tendrá más tarde sin lugar a dudas. Pero, ¿qué es la ley? La ley implica que uno debe hacer esto o aquello a fin de obtener algo. Usted puede ver que estas dos cosas son completamente opuestas. La promesa implica que Dios hará algo para el hombre; la ley implica que el hombre hará algo para Dios.
El versículo 18 dice: “Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa”. Si lo que se da es por el principio de la ley, entonces no puede ser conforme al principio de la promesa. Estas dos cosas son completamente opuestas.
El versículo 19 dice: “Entonces, ¿para qué sirve la ley?” Ahora surge un problema. Este es el problema más difícil de resolver.

La ley y la promesa son básicamente contradictorias en naturaleza. Si usted tiene la ley, no puede tener la promesa; si tiene la promesa, no puede tener la ley. Estas dos cosas no pueden estar juntas. Pero ahora tenemos la ley y la promesa. Dios dio la promesa, y luego cuatrocientos treinta años después dio la ley. ¿Qué puede hacer usted? Si el pacto hecho por Dios no puede cambiar, siendo imposible reducirlo ni aumentarlo, entonces, ¿por qué fue dada la ley? Puesto que un pacto no puede cambiar, una promesa siempre será una promesa, y la gracia siempre será gracia.

                                                      Entonces, ¿para qué se necesita la ley?

En el versículo 19 Pablo nos da la respuesta: “Fue añadida a causa de las transgresiones”. ¿Qué significa añadir?  Pablo dijo que la ley fue añadida. En realidad, Dios no tiene que darnos la ley, ni tampoco tenía que dársela a los judíos. Dios dio la ley a los judíos porque Él quería mostrarle al mundo por medio de ellos que fue dada por causa de las transgresiones.Las demandas que Dios había impuesto a los hombres era muy alta e imposible de cumplirla en la carne...

¿Por qué la ley fue añadida a causa de las transgresiones? Veamos la última parte de Romanos 4:15: “Pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión”. Veamos también Romanos 5:20: “La ley se introdujo para que el delito abundase”. El propósito de la ley es causar que el pecado abunde. ¿Qué significa esto?

El pecado entró al mundo por el hombre, y por lo tanto, el pecado está en el mundo. La muerte vino por el pecado y así comenzó a reinar. Desde el tiempo de Adán hasta el tiempo de Moisés, el pecado estaba en el mundo. Pero ¿cómo podemos comprobar esto? Vemos la evidencia al ver la muerte que está en el mundo. Si no hubiera pecado desde Adán hasta Moisés, el hombre no hubiera muerto. El hecho de que desde Adán hasta Moisés todos murieron comprueba que el pecado ya estaba. Aunque había pecado durante ese tiempo, no había ley. Así, sólo había pecado pero sin transgresión. ¿Qué es la transgresión? El pecado estaba presente y era real en el mundo, pero el hombre no sabía que el pecado estaba aquí sino hasta que vino la ley de Dios. Por medio de la ley, Dios nos muestra que hemos pecado. En realidad, el pecado ya estaba en nosotros. Ya estábamos corrompidos, pero no lo supimos sino hasta que la ley vino; para entonces el pecado interior fue manifestado como transgresiones.

Todos los lectores de la Biblia y todos los que entienden la voluntad de Dios saben que Dios no nos dio la ley con la intención de que la guardáramos. La ley no se hizo para que la guardáramos, sino para que la quebráramos. Dios nos dio la ley para que la transgrediéramos. Esta puede ser la primera vez que muchos de ustedes escuchan semejante palabra, y tal vez les parezca extraña. Dios ya sabe que usted tiene pecado. Dios sabe esto; pero usted no lo sabe. Por lo tanto, Dios le ha dado la ley para que la transgreda, a fin de que usted se conozca. Dios sabe que usted no es bueno, pero usted se cree bueno. Por lo tanto, Dios ha dado la ley. Después de que usted la transgrede una, dos, muchas veces, usted dirá que tiene pecado. La salvación no vendrá a usted sino hasta entonces. Sólo cuando usted admite que no puede seguir adelante, que es imposible continuar conduciéndose en tal manera, estará dispuesto a recibir al Señor Jesús como su Salvador. Sólo entonces estará usted dispuesto a recibir la gracia de Dios.
Ya hemos visto que a fin de recibir gracia uno necesita humillarse. Somos pecadores, y hemos cometido pecados. ¿Qué es lo que nos hace humillar? La ley. Los seres humanos son orgullosos. Todos los seres humanos creen que son fuertes y se consideran buenos. Pero Dios nos dio la ley, y una vez que vemos la ley, tenemos que humillarnos y confesar que realmente no somos buenos en lo más mínimo. Esto es lo que Pablo daba a entender cuando dijo que antes de haber leído en la ley que no debemos codiciar, él no sabía lo que era codiciar. Sin embargo, cuando vio la ley, se dio cuenta de que había codicia en él (Ro. 7:7-8). Esto no significa que antes de que Pablo viera la ley no había codicia en él. Ya había codicia en él desde mucho antes.

 Él siempre había codiciado, pero no se daba cuenta de que era codicia. No fue sino hasta que la ley se lo dijo que se dio cuenta. Por lo tanto, la ley no nos hace cometer cosas que no hemos hecho antes; la ley sólo expone lo que ya está en nosotros. Por eso digo que Dios le dio al hombre la ley no para que la guardara, sino para que la quebrara. Tampoco la ley le da al hombre la oportunidad de transgredir; más bien, la ley le muestra al hombre que él transgredirá. La ley le permite al hombre ver lo que Dios ya ha visto.

Romanos 7 explica este asunto muy claramente. Veamos este capítulo, empezando desde los versículos 7 y 8: “¿Qué diremos pues? ¿La ley es pecado? ¡De ninguna manera! Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Más el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto”. Sin la ley, no siento que codiciar es pecado, aunque haya codicia en mí. Así, la codicia en mí está muerta; o sea, no soy consciente de ella. Sin embargo, después de que la ley viene, resuelvo no codiciar más. Sin embargo, todavía codicio, y el pecado revive. El versículo 9 dice: “Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí”.


Amigos míos, recuerden que Dios les dio la ley sólo por una razón: para mostrarles que ustedes siempre han estado llenos de pecado. Debido a que no han visto su propio pecado, actuaron orgullosamente. La ley vino para ponerlo a prueba. Usted puede decir que no codicia. Sin embargo, si usted trata de no codiciar, ¿cuál será el resultado final? Cuanto más se esfuerza, más débil se hace y más codicioso será. Usted se propone a no codiciar, pero en el momento que se propone esto, se encontrará codiciando todo. Usted codicia hoy, y codiciará mañana; usted codicia en todas direcciones. Ahora el pecado está vivo, la ley está viva, y usted está muerto. Originalmente el pecado estaba muerto y usted estaba bien, pero ahora que la ley ha venido no puede evitar codiciar. Cuanto más trata de no codiciar, más codicioso se hace. El problema es que el ser del hombre es carnal, y debido a que el hombre es carnal, su voluntad es débil, su conducta es rebelde, y sus deseos son sucios.
El versículo 10 dice: “Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte”. Si el hombre puede realmente guardar la ley, él vivirá. Pero no puede; entonces muere. El versículo 11 dice: “Porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató”. Si la ley no me hubiera dicho que hiciera esto o aquello, el pecado estaría tranquilo en mí y no estaría tan activo. Pero desde que la ley vino y me dijo que no debería codiciar, el pecado, por medio del mandamiento me ha tentado y ha puesto este asunto de codicia en mi mente. La ley me dice que no debería codiciar, y me propongo a no codiciar; pero en vez de no codiciar, codicio aún más.

El versículo 12 continúa: “De manera que la ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”. Nunca deberíamos considerar la ley como algo malo. La ley es siempre santa, justa y buena. “¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? De ninguna manera; sino que el pecado” (v. 13a). Al principio, el pecado estaba muerto y yo no era consciente de ello; pero cuando la ley vino para probarme, morí. “¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? De ninguna manera; sino que el pecado lo fue para mostrarse pecado produciendo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso” (v. 13). Al principio, no sentimos que el pecado es tan pecaminoso. Pero cuando la ley viene y tratamos de guardarla, vemos dónde están nuestros pecados y cuán pecaminosos y malignos son.

Podemos ver la función de la ley aquí. La ley es como un termómetro. Un termómetro no le dará fiebre. Pero si tiene fiebre, el termómetro seguramente la manifestará. La ley no hará que usted peque, pero si usted tiene pecados, la ley de Dios le mostrará inmediatamente que usted es un pecador.

 Originalmente, usted no sabía que era un pecador, pero ahora lo sabe.
La ley vino para juzgar los pecados del hombre. La ley fue establecida porque el hombre tiene pecado. Nunca vemos a Dios guardando la ley simplemente porque es imposible que Dios transgreda la ley. Así, no hay ley sobre El.

Dios nunca le dijo al Señor Jesús que amara al Señor Su Dios con todo Su corazón, con toda Su alma, con toda Su fuerza y con toda Su voluntad, y que amará a Su prójimo como a Sí mismo. El Señor Jesús simplemente no lo necesitaba. Espontáneamente El ama al Señor Su Dios con todo Su corazón, con toda Su alma, con toda Su fuerza y con toda Su voluntad; El espontáneamente ama al prójimo como a Sí mismo, y aún más que a Sí mismo.  Por lo tanto, la ley es inútil para El.

 Dios no le dijo a Adán que no codiciara ni robara. ¿Por qué necesitaría Adán codiciar? ¿Por qué necesitaría Adán robar? Dios ya le había dado todo lo que había sobre la tierra. Los Diez Mandamientos no fueron dados a Adán, porque él no los necesitaba.

Más bien, la ley fue dada especialmente a los israelitas porque mostraba al hombre carnal su condición interior y su pecado interno. Si un chino no robara nunca, no habría necesidad de que en la ley china existiera una cláusula acerca del robo. Debido a que el hombre roba, hay una cláusula en la ley que dice que nadie debe robar. Así, la ley existe por causa del pecado. Cuando el hombre pecó, la ley se introdujo..

Ahora volvamos a Gálatas 3 y continuemos con el versículo 19: “Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones”.
 Ahora entendemos claramente. Antes de los tiempos de los siglos Dios se propuso dar gracia al hombre. Luego le dio una promesa a Abraham. En la eternidad era meramente Su propósito. Con Abrahán, fue algo hablado: El trataría con el hombre en gracia. Entonces, ¿para qué Dios le dio la ley al hombre cuatrocientos treinta años después de eso? 

Fue añadida a causa de las transgresiones. A fin de que los pecados del hombre se convirtieran en transgresiones, la ley fue dada al hombre. De esta manera, el hombre se dio cuenta de que tenía pecado y esperaría “hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa” (v. 19). No fue sino hasta que todo el mundo vio que eran pecadores y que estaban desahuciados, que estaban dispuestos a recibir al Señor Jesucristo el cual Dios prometió. Aun si Dios hubiese dado la salvación más temprano, el hombre no lo habría tomado.
El hombre no quiere la gracia de Dios, pero debido a que el hombre tiene transgresiones y está desahuciado posiblemente reciba la gracia de Dios.
El versículo 19 termina de la siguiente manera: “Y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador”. Esta parte se refiere a la ley mencionada anteriormente. No sólo la ley fue añadida a causa de las transgresiones, sino que también fue ordenada por un mediador. La ley tiene estas dos características: fue añadida a causa de las transgresiones y fue ordenada por medio de los ángeles en manos de un mediador. ¿Por qué la ley fue ordenada por medio de la mano de un mediador? El versículo 20 explica: “Y el mediador no lo es de uno solo”. ¿Ha sido alguna vez un intermediario o un intercesor? Un intermediario actúa para dos partes. ¿Por qué la ley tiene un mediador? Porque en la ley existe el lado de Dios y el lado del hombre.

El hombre tiene que hacer ciertas cosas para Dios antes de que éste haga ciertas cosas para el hombre. Cuando las partes A y B redactan un contrato, el contrato establece lo que A debe hacer y lo que B hará en respuesta, y viceversa. Entonces, un mediador servirá como testigo entre las dos partes. La ley establece cuál es la responsabilidad de Dios para con el hombre y cuál es la responsabilidad del hombre para con Dios. Si alguna de las partes falla, todo se pierde.
El versículo 21 dice: “¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? ¡De ninguna manera!” Aquellos que tienen poco conocimiento dirán que la ley contradice a la gracia. Está bien decir que la ley y la promesa son dos cosas  completamente diferentes, pero entre ellas no hay ninguna contradicción; la ley es meramente el sirviente de la promesa. Es algo usado e insertado por Dios. La ley y la promesa pueden parecer contradictorias en naturaleza, pero en las manos de Dios no son contradictorias en ningún sentido. La ley fue usada por Dios para llevar a cabo Su propósito. Sin la ley, la promesa de Dios no se habría cumplido. Por favor recuerden que Dios usa la ley para cumplir con Su meta. Por consiguiente, la ley y la promesa no se contradicen entre sí en nada.
Pablo concluye de la siguiente manera: “Porque si se hubiese dado una ley que pudiera vivificar, la justicia habría sido verdaderamente por la ley” (v. 21). Si un hombre pudo obtener justicia por la ley, él podría tener vida por medio de la ley. Sin embargo, el hombre no puede hacer esto. Por lo tanto: “La Escritura lo encerró todo bajo pecado” (v. 22a).

¿Qué utilizó Dios para encerrarnos a todos? El usó la ley. Cualquiera que es encerrado por la ley debe admitir que es un pecador. Dios encierra todo bajo pecado “para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los que creen” (v. 22b).  La ley de Dios es algo que El usa para salvarnos. No es algo que Dios use para condenarnos. La ley es algo usado por Dios.Todos nosotros aquí hemos sido encerrados. Cada uno de nosotros es un pecador. Dios ha usado la ley para mostrarnos que somos pecadores para así poder salvarnos.







                                       EL SIGNIFICADO Y VALOR DE ROMANOS 7
Ahora llegamos al capítulo 7 de Romanos. Hay la tendencia de sentir que este capítulo
Está mal situado en el lugar donde se halla. Nos gustaría ponerlo entre los capítulos 5 y 6. Al fin del capítulo 6 todo es tan perfecto: entonces viene un quebrantamiento completo en el capítulo7 y el grito “¡Miserable de mí!”. Entonces, ¿cuál es su enseñanza?
El capítulo 6 trata de la liberación del pecado: y el capítulo 7 de la liberación de la ley.
En el capítulo 6 Pablo nos ha relatado cómo podemos ser liberados del pecado y suponíamos que eso fue todo lo que hacía falta. El capítulo 7 ahora nos enseña que la liberación del pecado no basta, sino que también necesitamos liberación de la ley. Si no somos del todo emancipados de la ley, nunca podremos experimentar la plena emancipación del pecado, pero ¿cuáles la diferencia entre la liberación del pecado y la liberación de la ley? Todos conocemos el significado de la liberación del pecado, pero necesitamos conocer también el significado de la ley, si hemos de apreciar nuestra necesidad de liberación de ella.

                                           LA INHABILIDAD TOTAL DEL HOMBRE

Muchos, aunque verdaderamente salvos, se hallan impedidos por el pecado. No viven
Necesariamente bajo el poder del pecado todo el tiempo, pero hay ciertos pecados que les impiden continuamente y así cometen los mismos pecados repetidas veces. Un día oyen el mensaje pleno del Evangelio, que el Señor Jesús no sólo murió para borrar nuestros pecados, sino que cuando murió nos incluyó a todos en su muerte; siendo así que no se trata solamente con nuestros pecados, sino con nosotros mismos también. Sus ojos son abiertos y saben que han sido crucificados, inmediatamente dos cosas siguen a aquella revelación. En primer lugar, ellos cuentan con que han muerto y resucitado con el Señor y, en segundo lugar, ceden a los derechos del Señor. Ellos ven que no tienen más derecho sobre sí mismos. Este es el comienzo de una hermosa vida cristiana llena de alabanza al Señor. Luego el creyente empieza a pensar en esta manera: “He muerto con Cristo, soy resucitado con Él, y me he entregado a Él para siempre: ahora me corresponde hacer algo para Él, dado que hizo tanto por mí. Quiero agradarle y hacer Su voluntad”. Así que después de la consagración procura descubrir la voluntad de Dios y se propone obedecerle. Entonces es cuando hace un descubrimiento extraño. Pensaba que podía hacer la voluntad de Dios y creía que amaba esa voluntad, pero poco a poco encuentra que no siempre le gusta. A veces encuentra hasta una manifiesta mala gana en obedecer: y a menudo, cuando trata de cumplir, encuentra que no puede. Entonces empieza a dudar de su experiencia espiritual. Se pregunta:
“¿Será que yo realmente sabía? ¡Sí! ¿Será que yo realmente contaba? ¡Sí! ¿Será que yo verdaderamente me entregué? ¡Sí! ¿Me he vuelto atrás de mi consagración? ¡No! ¿Entonces qué pasa ahora?”. Cuanto más este hombre procura hacer la voluntad de Dios, tanto más fracasa en cumplir. Finalmente llega a la conclusión que nunca amaba verdaderamente la voluntad de Dios: así que ora por el deseo y el poder de cumplir. Confiesa su desobediencia y promete nunca desobedecer de nuevo. Pero apenas se ha levantado de sus rodillas cuando ha fracasado una vez más: antes que llegue al punto de victoria, es consciente de derrota. Entonces se dice a sí mismo: “Puede ser que mi última decisi6n no fuera bastante definida. Esta vez vaya ser absolutamente terminante”. Así que concentra toda su voluntad sobre el asunto, sólo para encontrar que le aguarda un mayor fracaso que nunca después de la primera tentación. Entonces repite las palabras de Pablo: “Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerla. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. (Ro. 7:18,19).


Muchos cristianos son lanzados de repente a la experiencia de Romanos 7 y no saben
Por qué. Se imaginan que Romanos 6 es bien suficiente. Habiéndolo entendido claramente, piensan que no puede haber más cuestión de fracaso, y entonces con gran sorpresa se encuentran repentinamente en Romanos 7, ¿,Cuál es la explicación? No conocen la liberación de la ley. Romanos 7 nos Es dado para explicar y llevamos a la experiencia de la verdad de Romanos
6:14: “El pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la
Gracia”. ¿Cuál, pues, es el significado de la ley?

La gracia significa que Dios hace algo a mi favor; la ley significa que yo hago algo para
Él. Ahora, si la ley significa que Dios demanda algo de mí, la liberación de la ley quiere decir entonces que Él ya no lo demanda de mí, sino que Él mismo lo provee. La ley implica que Dios me requiere que haga algo para Él; la liberación de la ley implica que Él me exime de hacer cosa alguna para Él, y que en gracia Él mismo lo hace en mÍ. Yo (el hombre “carnal” de Ro. 7:14) no necesito hacer nada para Dios: esto es liberación de la ley. La dificultad en Romanos 7 es que el hombre en la carne trató de hacer algo para Dios. Al momento que procuras agradar a Dios, entonces te pones bajo la ley y la experiencia de Romanos 7 empieza a ser la tuya. Cuando un hombre ve que es libertado de la ley, entonces proclama: “Yo no trataré de hacer cosa alguna para Dios”. ¡Qué doctrina! ¡Qué formidable herejía! Pero la liberación de la ley significa justamente esto, que yo cese de tratar de agradar a Dios (esto es en la carne).
Debemos aclarar que la ley no tiene la culpa de nuestro fracaso. Pablo dice: “La ley a la
Verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Ro. 7:12). ¡No! No hay nada mal en la ley, pero hay algo indudablemente mal en mí. Las demandas de la ley son justas, pero la persona de quien las demanda es injusta. El problema no consiste en que las demandas de la ley son injustas, sino en que yo no puedo CUMPLIRLAS. El gobierno puede estar en su derecho al demandarme el pago de $ 100, pero ¡lo malo es si yo sólo tengo $ 10 para satisfacer esa demanda!

Dios sabe quién soy. Él sabe que desde la cabeza hasta los pies estoy lleno de pecado.
Él sabe que soy la debilidad encarnada, que nada puedo hacer. El problema es que yo ignoro esto. Admito que todos los hombres son pecadores y por consiguiente soy pecador; pero me imagino que no soy tan pecador, sin esperanza, como algunos. Dios debe traemos al lugar donde veamos que somos completamente débiles e incapaces. Mientras decimos eso, no lo creemos del todo, y Dios tiene que hacer algo para que estemos plenamente convencidos del hecho. Si no fuese por la ley, nunca hubiéramos conocido cuán débiles somos. Pablo aclara esto en Romanos 7:7: “Yo no conocí el pecado sino por la ley: porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás”.

 Cualquiera hubiera sido su experiencia con el resto de la ley, fue el décimo mandamiento, que traducido literalmente es: “No desearás... “, el que lo encaró. Entonces, él se vio cara a cara con su total incapacidad y fracaso.
Cuanto más tratamos de guardar la ley, tanto más se manifiesta nuestra debilidad, hasta
Que se demuestra claramente que somos tan débiles que, en nosotros mismos, no nos queda esperanza alguna. Dios lo sabía antes pero no nosotros, y así Dios tuvo que traernos por experiencias dolorosas al reconocimiento del hecho. Necesitamos que nos sea demostrado, más allá de toda discusión, que somos tan débiles. Es por eso que Dios nos dio la ley. Así, con reverencia, podemos decir que Dios nunca nos dio la ley para guardada; ¡Él nos dio la ley para quebrarla! Él sabía muy bien que nosotros no podíamos observarla. Somos tan malos que Él no nos pide favor alguno ni hace demandas. Ningún hombre ha logrado hacerse aceptable a Dios por medio de la ley. En ninguna parte del Nuevo Testamento dice que la ley fue dada para ser guardada; pero sí dice que la ley fue dada para que hubiera trasgresión.
“La ley se introdujo para que el pecado abundase... (Ro.5:20). ¡La ley fue dada para
Manifestamos como quebrantadores de la ley! Indudablemente soy pecador, “pero yo no conocí el pecado sino por la ley... porque sin la ley el pecado está muerto.... pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí” (Ro. 7: 7-9). La ley es la que expone nuestra verdadera naturaleza. ¡Ay! somos tan vanidosos, nos conceptuamos tan fuertes, que Dios tiene que darnos algo para probar cuán débiles somos. Al fin lo vimos y confesamos: “Soy un pecador ciento por ciento, y no puedo hacer nada para agradar a Dios”.
Así, la ley no fue dada en la esperanza de que la guardaríamos: fue dada en el pleno conocimiento de que la quebrantaríamos, y cuando la hayamos quebrantado tan completamente que seamos convencidos de nuestra absoluta necesidad, entonces la ley habrá servido su propósito.
Ha sido nuestro ayo para llevamos a Cristo para que Él pueda guardada en nosotros. (Gá. 3:24).

                                    CRISTO, EN NOSOTROS, EL FIN DE LA LEY

Hay todavía una ley de Dios, y ahora hay un “nuevo mandamiento” que exige mucho
Más que el antiguo, pero ¡alabado sea Dios! sus demandas son cumplidas pues es Cristo quien las cumple; es Cristo quien obra en mí lo que agrada a Dios. “No he venido para abrogar, sino para cumplir (la ley)” son sus palabras (Mt. 5:17).

Así Pablo, gozando el bien de la resurrección, puede decir: “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce (obra) así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:12,13).
Dios es el que obra en nosotros. La liberación de la ley no quiere decir que estamos
Eximidos de hacer la voluntad de Dios, sino que estamos libres de hacerla como de nosotros mismos. Desde aquí en adelante Otro lo hace en nosotros. Una vez que estamos plenamente persuadidos de que no podemos satisfacer la voluntad de Dios, ni siquiera intentamos hacerla, y ponemos nuestra confianza en el Señor, a fin de que Él manifieste en nosotros su vida de resurrección. Desde ahora en adelante si algo es hecho, debe ser el Señor únicamente quien lo haga. Infelizmente, algunos de nosotros, a pesar de saber que no podemos guardar la ley, aún procuramos hacerla. Ahora ya es Cristo quien cumple toda la ley en nosotros espiritualmente...porque ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mi...

Testimonio cristiano...
Voy a ilustrar esta verdad por lo que he visto en mi propia patria. En la China, algunos
Peones pueden llevar una carga de sal de unos ciento veinte kilos, y algunos, hasta doscientos cincuenta kilos. Pero aquí viene un hombre que sólo puede levantar ciento veinte kilos y hay una carga de doscientos cincuenta. Sabe perfectamente bien que no la puede cargar y, si es prudente, dirá: “No la tocaré”. Pero la tentación de probar es inherente en la naturaleza humana, así que, aunque es imposible que la lleve, todavía trata de hacerla. Cuando jovencito, me divertía observando a diez o veinte de esos hombres que llegaban y probaban, aunque cada uno de ellos sabía que le era imposible. Al fin tuvieron que dejar y dar lugar al que podía.
Cuanto antes abandonemos la prueba tanto mejor, porque si ocupamos el terreno entonces no queda lugar para e1 Espíritu Santo. Pero si decimos “No lo haré, confiaré en Ti para hacerlo en mí”,


Las exigencias de Dios no han cambiado, pero no somos nosotros los que podemos
Cumplirlas. Alabado sea Dios, Él es el Legislador sobre el trono, y Él es el guardador de la ley en mi corazón. Él que dio la ley, Él mismo la guarda. Él hace las demandas, pero Él mismo las cumple. Mi amigo bien podía saltar y exclamar cuando descubrió que no tenía nada que hacer, y todos los que hacen tal descubrimiento bien podría hacer lo mismo. Mientras que tratamos de hacer algo, Dios no puede hacer nada. Es por causa de nuestros esfuerzos, que fracasamos, y fracasamos, y fracasamos. Dios quiere demostrarnos que no podemos hacer nada, y hasta que eso no sea plenamente reconocido, nuestros desalientos y desilusiones no cesarán.
Un hermano que estaba tratando de luchar para ganar la victoria, me dijo: “No sé por
Qué soy tan débil”. “Lo que pasa a usted”, le dije, “es que es débil para no hacer la voluntad de Dios, pero no es suficiente débil para mantenerse del todo fuera de las cosas. Aún no es bastante débil; pero cuando está reducido a la absoluta incapacidad y persuadido de que no puede hacer nada, entonces Dios hará todo”. Todos necesitamos llegar al punto donde decimos:
“Señor, no puedo hacer ninguna cosa para Ti, pero confío en Ti para que lo hagas todo en mí”.

                                                     
                                                             “GRACIAS A DIOS”

Romanos 6 trata del “cuerpo de pecado” (6:6); Romanos 7 trata del “cuerpo de muerte”
(7:21). En el capítulo 6, todo el tema que nos presenta es el “pecado”: en el capítulo 7 nos presenta la “muerte”. ¿Cuál es la diferencia entre cuerpo de pecado y cuerpo de muerte? Mi actividad respecto al pecado hace de mi cuerpo un cuerpo de pecado: mi inactividad con respecto a la voluntad de Dios lo hace un cuerpo de muerte.
¿Has descubierto la verdad de esto en tu vida? No basta haberla descubierto en Romanos 6 y 7. ¿Has descubierto que estás llevando el peso muerto de un cadáver en relación a la
voluntad de Dios'? No tienes dificultad en hablar acerca de las cosas terrenas, pero cuando tratas de hablar para el Señor tienes impedimento en el habla; cuando tratas de orar, te sientes medio dormido; cuando tratas de hacer algo para el Señor, te sientes indispuesto. Puedes hacer cualquier cosa salvo aquellas que se relacionan a la voluntad divina. Hay algo en este cuerpo que no armoniza con la voluntad de Dios.

¿Qué significa muerte? Muerte es la debilidad en su punto extremo -debilidad, enfermedad, muerte. La muerte significa total debilidad, débil hasta tal grado que no podrá ser peor.
Que yo tenga un cuerpo de muerte en relación con la voluntad de Dios significa que soy tan débil con relación a servir a Dios, tan completamente débil, que soy reducido a un grado de lamentable desamparo. “Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte'?”, clamó Pablo (Ro. 7:24).

Es bueno cuando alguien clama como hizo él. No hay nada más melodioso en los oídos del Señor. Este clamor es el más espiritual y el más escritural que puede un hombre articular. Sólo lo hace cuando sabe que nada puede hacer y deja de hacer nuevas resoluciones.
Hasta este punto, cada vez que fracasa, hace una nueva resolución y dobla y redobla
la fuerza de voluntad. A la larga descubre que no hay posibilidad de hacer más determinaciones y clama con su desesperación: “Miserable de mí!” Ha llegado a un grado donde desespera de sí mismo.
¿Has desesperado de ti mismo o todavía esperas que si leyeras u oraras más serás mejor
Cristiano'? El leer y el orar no son cosas equivocadas, pero la equivocación es confiar en ellos para la victoria. Nuestra confianza debe estar en Cristo sólo. Felizmente el “miserable hombre” no meramente deplora su miseria, sino hace una pregunta excelente, a saber: “¿Quién me librará'?”

“¿.Quién?” Hasta aquí ha buscado un 'algo', ahora busca un 'quien'. Hasta aquí ha mirado adentro por la solución de su problema: ahora busca un Salvador fuera de sí mismo.
No pone más en juego el esfuerzo propio; toda su expectativa está ahora en Otro.
¿Cómo obtuvimos el perdón de los pecados'? ¿Fue por la lectura, la oración, las caridades, etc.? No, miramos a la Cruz, confiando en lo que el Señor había hecho, y la liberación del pecado opera exactamente sobre el mismo principio que el perdón de pecados. En el asunto del perdón miramos a Él sobre la Cruz: en el asunto de la liberación miramos a Él en nosotros.
Acerca del perdón dependemos de aquello que Él ha hecho: en relación a la liberación dependemos de lo que Él hará en nosotros. Pero en relación tanto al perdón como a la liberación, nuestra dependencia será de Él sólo. Él es quien hace todo.


En el tiempo cuando fue escrita la epístola a los Romanos, era castigado un asesino en
una manera rarísima y terrible. El cadáver del muerto era atado al cuerpo viviente del asesino; cara a cara, mano a mano, pie a pie; y el viviente quedaba ligado al muerto hasta la muerte. Estaba libre el asesino de ir donde quisiera, pero por doquier tenía que arrastrar el cadáver del muerto. Pablo se sintió ligado a un cuerpo muerto e incapaz de librarse. Donde quiera que fuera, fue impedido por esta carga terrible. A la larga no pudo aguantar más y clamó: “Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” Pero su grito desesperado es seguido inmediatamente por un canto de alabanza. Esta es la contestación a su pregunta. “Gracias
Doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Ro. 7:25).

Sabemos que la justificación es por medio del Señor Jesús y que no requiere obra de
Nuestra parte; pero creemos que la santificación depende de nuestros esfuerzos.

 Creemos que solamente obtenemos el perdón por confianza completa en el Señor; pero creemos que sólo podemos obtener liberación con hacer algo nosotros. Tememos que si no hacemos nada, nada sucederá. Después de la salvación, la vieja costumbre de hacer algo se afirma de nuevo y comenzamos otra vez nuestros esfuerzos propios. Entonces la Palabra de Dios se oye de nuevo:
“Consumado es”. Él ha hecho todo en la Cruz para mi perdón y va a hacer todo en mí para mi liberación. En ambos casos, Él es el Hacedor. “Dios es el que en vosotros produce el querer como el hacer” (Fil. 2: 13).

Las primeras palabras del hombre liberado son muy preciosas: “Gracias doy a Dios”. Si
alguien te da un vaso de agua, le agradeces a él, no a ningún otro. ¿Por qué dijo Pablo: “Gracias doy a Dios”? Porque Dios era el que hizo todo. Si hubiera sido Pablo quien lo hiciera, habría dicho: “Gracias doy a Pablo”; pero él vio que Pablo era un “miserable” y que sólo Dios podía atender a su necesidad. Así que él dijo: “Gracias doy a Dios”. Dios quiere hacer todo porque Él quiere toda la gloria. Si nosotros hiciéramos parte de la obra entonces nos tocaría algo de la gloria; pero Dios la quiere toda, así que Él hace toda la obra del comienzo hasta el fin.
Lo que hemos dicho en este capítulo podría parecer negativo y no muy práctico si quedásemos aquí, como si la vida cristiana consistiera en sentarnos y esperar que algo suceda. Por supuesto, es cosa muy distinta. Todos los que la viven, saben que es asunto de una fe en Cristo muy positiva y activa, y en un nuevo principio de vida: la ley del Espíritu de vida. Pablo explica en los primeros nueve versículos del capítulo 8 cómo obtenemos la liberación y cómo somos capacitados para vivir una vida santa en el mundo. Él muestra que es todo por el Espíritu Santo... 

LUEGO SUBIRÉ UN ARTICULO SOBRE LAS DOS NATURALEZAS LA ESPIRITUAL Y LA CARNAL

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