miércoles, 14 de diciembre de 2016

DIFERENCIA ENTRE LA PALABRA ESCRITA Y LA PALABRA HABLADA POR DIOS A NUESTRO CORAZÓN





                                                         LOGOS Y RHEMA


En griego, el idioma en que se escribió el Nuevo Testamento, existen dos vocablos que se han traducido al español como 'Palabra'. Uno es “logos”, y el otro es “rhema”.

Si bien el significado general es 'Palabra', en griego los dos vocablos mencionados tienen matices diferentes, que el vocablo español no refleja.
Logos es la Palabra de Dios que ha sido dicha una vez. Rhema es la Palabra que ha sido dicha por segunda vez.

La Biblia entera es la Palabra (logos) de Dios. Es lo que Dios ya ha hablado en la historia, es la palabra de verdad, una revelación completa, cabal, de la voluntad de Dios para el hombre.
Pero la Biblia no es el 'rhema' de Dios, porque el rhema es lo que Dios nos habla por segunda vez, por medio del Espíritu Santo, en forma específica a nuestro corazón. El logos es la Palabra objetiva; en cambio el rhema es la Palabra subjetiva. Cuando María recibió la visita del ángel, él le trajo el 'rhema' de Dios. Por eso María pudo decir: "Hágase conmigo conforme tu palabra (rhema)" (Lc. 1:38). Dios le había hablado a ella específicamente.
El rhema de Dios no es independiente del logos, pues se basa en él. Cuando Dios nos habla de manera específica, el Espíritu Santo usará el logos para hacerlo, y lo hará aplicándolo a nuestra situación presente. Un fragmento del logos se transformará en el 'rhema' para nosotros, y suplirá nuestra necesidad. Cuando el Señor contestó a Satanás en el desierto dijo: "No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra (rhema) que sale de la boca de Dios" (Mt. 4:4). El Señor había recibido el rhema de Dios, ese era su alimento, por tanto no necesitaba convertir las piedras en pan.
Son los rhemas de Dios los que nos alientan, nos exhortan, nos edifican. Son las respuestas de Dios, procedentes de su Palabra, que nos llenan el corazón de certidumbre, gozo y paz. Se cuenta el caso de una joven que era muy miedosa, y que no soportaba la oscuridad. Cuando ella se convirtió, vencía su miedo poniendo la Biblia debajo de su cabecera por las noches. Pero un día Dios le habló: "No temas". Y descubrió que en la Biblia aparece 365 veces esa expresión. Entonces ella pensó que era la respuesta de Dios, para vencer el miedo cada día del año. Desde entonces, ella no temió más: había recibido un rhema de Dios.

¿Cómo la iglesia es purificada hoy de las impurezas del mundo? "Por el lavamiento del agua por la palabra" (rhema) (Ef.5:26). ¡Qué importante es! ¡Cuánto necesitamos de los 'rhemas' de Dios!
Ahora, ¿cómo obtener estos 'rhemas'? Primeramente, debemos estar muy familiarizados con el 'logos'. Tenemos que llenar nuestra mente y nuestro corazón con la Biblia; así, el Espíritu Santo tendrá mucho a qué echar mano para hablarnos en situaciones determinadas. El Espíritu Santo tomará la letra de la Palabra (el 'logos') y la transformará en espíritu, pues la Palabra (el 'rhema') es espíritu y vida, es la Palabra viva de Dios.
Si nos abrimos a la Palabra de Dios (el logos), para que abunde en nuestro corazón, los rhemas abundarán también en nuestra vida, y así la Palabra de Dios paulatinamente se irá encarnando en nosotros. Es decir, iremos siendo transformados en la misma imagen de nuestro Señor Jesucristo.

SÍNTESIS DE VARIOS ESTUDIOS BÁSICOS QUE TODO CRISTIANO DEBE SABER


                                                                               CREACIÓN

El verbo crear es en el AT casi siempre traducción del verbo heb. «bara». La Biblia comienza con la sencilla y sublime declaración de que «en el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn.1:1).
A lo largo de Génesis 1 y 2 tenemos el relato de cómo Dios dio origen a todo lo existente, a lo largo de seis días de actividad creadora. Todo esto es resumido lapidariamente en Éx. 20:11: «Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día...»
Ha habido multitud de intentos de comentaristas, así como algunas traducciones de la Biblia, que han intentado torcer el sentido de la frase original, que habla de una creación original, «de la nada», dando la traducción alternativa «cuando Dios empezó la creación de los cielos y de la tierra, la tierra era el principio...», implicando así que Dios meramente actuó sobre una materia preexistente.
Entre las versiones que adoptan esta postura se halla la denominada «Biblia al día». Esta postura es gramaticalmente insostenible en base a un análisis riguroso del texto, como lo han demostrado Cassuto, Delitzsch, Keil, Leupold y
Young entre otros (véase Bibliografía al final de este artículo), y la correcta traducción es la ya dada por Reina-Valera y multitud de otras versiones.

Este primer versículo de la Biblia está cargado de significado. Afirma que todo lo existente recibió su ser por la acción de Dios. Que hubo un principio en el tiempo. Que la creación del universo incluye la del tiempo, por lo que antes de la creación no se puede hablar de tiempo.
Tenemos, pues, que el tiempo tiene un comienzo absoluto, que es el del universo material. Dios trasciende tanto el tiempo como el espacio. No forma parte de Su creación, aunque ésta sí depende de Él como el Señor soberano.
Esta sección de la Biblia ha sido una de las más sometidas a la controversia. ¿Cómo creó Dios?
¿Podemos llegar a conocer la manera en que Dios creó? Son muchas las voces que se han levantado aseverando que en Génesis tenemos solamente el hecho de que Dios creó, pero que no tenemos un relato históricamente exacto de los orígenes del universo y de todo lo que hay en él. Y especialmente desde 1859, año en que Darwin publicó su obra «El origen de las especies», han sido muchos los expositores que han aceptado que el método usado por Dios para su obra de la creación ha sido el de la evolución orgánica, que
Él hubiera dirigido según Su voluntad para que desembocara en el hombre.

Sin embargo, esta postura se enfrenta a graves dificultades, tanto desde el punto de vista exegético como desde el punto de vista científico.
(a) La cuestión exegética.
Todo el contexto bíblico demanda una creación por «Fiat». Esto es, Dios ordenó por Su palabra, y ésta produjo conforme a Su voluntad. De esto tenemos un paralelo en los milagros del Señor
Jesús que se nos relatan en los Evangelios, como la resurrección de Lázaro, la multiplicación de los panes y los peces, y muchas otras señales que no involucraron ningún proceso en el tiempo. El cuidadoso examen de Génesis 1 y 2 no lleva a otra conclusión que la de la creación por «Fiat», así como multitud de otros pasajes tanto en el
Antiguo como en el Nuevo Testamento que tratan de la creación (Jb. 33:4; 38:4; Sal. 8:3, 5, 6; 94:9;
95:5; 96:6; 100:3; 104:24; 136:5, 6, 7; 139:14, 15;
146:6; 148:5; Is. 45:12; 64:8; Jer. 10:12; Am.
4:13; 5:8; Jon. 1:9; Zac. 12:1; Mt. 19:4; Jn. 1:3;
Hch. 17:26; 2 Co. 4:6; Ef. 3:9; Col. 1:16; 1 Ti.2:13; He. 1:2; 11:3; 2 P. 3:5; Ap. 10:6, y muchos otros).



                                                                 NUEVA CREACIÓN


Está en contraste con la primera creación puesta bajo Adán, que recibió bendición de parte de Dios, y que hubiera debido mantener su adhesión a Él.
«De modo que si alguno está en Cristo, nueva
Creación es; Nueva Katasis. En el (griego) El adjetivo griego,Kaine indica novedad en algo que ya existía. Así ha de entenderse la (creación). El nuevo hombre, no es otro hombre sino el mismo que ya existía, aunque cambiado, renovado. Las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17).
Los que han muerto con Cristo, y han resucitado con Cristo, han perdido su primera posición en el primer Adán, y están en el Segundo Adán. «En
Cristo Jesús ni la circuncisión es nada, ni la incircuncisión, sino la nueva creación. Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sean sobre ellos, y sobre el Israel de
Dios» (Gá. 5:15, 16). Ésta es la posición totalmente nueva a la que el creyente es introducido en Cristo. Sin embargo, mientras que sigue estando en el cuerpo no está enteramente libre de contacto con la vieja creación: el desierto es parte de la vida cristiana, así como Canaán y sus conflictos.
En orden inverso a la primera creación, aquí fue el
Hombre el primero en tener lugar (Cristo resucitado), después los que son Suyos, y finalmente los nuevos cielos y la nueva tierra, en los que morará la justicia (Ap. 21:1)

Vida eterna y Muerte eterna: Solo dos caminos.

                                                             
                                                                  CASTIGO ETERNO

Esta expresión designa la suerte reservada a los no arrepentidos en el mundo venidero (Mt. 25:46).
Un término más usado es «infierno» (del lat.:«inferior»); este término aparece en la versión
Reina-Valera como traducción de «gehena».
Infierno está inspirado en Ef. 4:9 (Cristo descendió a las partes más bajas de la tierra, esto es, la morada de los muertos). No tenía en principio el sentido que se le da comúnmente, y que lo restringe al lugar de tormento, sino que tenía un significado equivalente a «Seol».

(a) DESCRIPCIÓN.
¿Dónde hallamos una descripción bíblica del castigo eterno? Entre muchos otros se pueden citar:
La vergüenza y confusión perpetua (Dn. 12:2); el fuego de la «gehena» (Mt. 18:9); el fuego que no puede ser apagado (Mr. 9:43); el horno de fuego (Mt. 13:41-42); el lugar de lloro y del crujir de dientes (Mt.22:13); las tinieblas de afuera (Mt. 8:12); el castigo del fuego eterno (Jud. 7); el lago de fuego (Ap. 20:15), etc.
De todas estas expresiones se ve que el castigo eterno es una horrenda realidad. Cierto es que se emplean imágenes: fuego, tinieblas, gusanos, llanto, crujir de dientes, etc. Las Escrituras nos hablan en un lenguaje humano para damos una idea del mundo venidero; pero la descripción que hallamos en ellas es totalmente distinta de las grotescas representaciones de la Edad Media.
La idea que domina a todos estos textos es que el castigo eterno consiste en la separación de Dios, con todas sus consecuencias: «Los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.» Sin embargo, con respecto a las consecuencias de esta exclusión, se tiene que recordar que el castigo eterno caerá sobre la persona completa. Los impíos sufrirán la pena del castigo eterno después de la resurrección de sus cuerpos, por lo que es erróneo insistir excesivamente en que las imágenes anteriores son meros símbolos. Y se tiene que recordar también que las imágenes, símbolos, etc., se usan para expresar una realidad más plena, no menos, que la que tienen los símbolos mismos. Es evidente que las penas del alma serán espirituales; pero no es menos cierto que los impíos resucitados recibirán un castigo que, adecuado a su medida de responsabilidad, recaerá sobre la plenitud de su ser (Mt. 10:28).
¿Qué es la gehena? Este término es la transcripción del término heb. «gé-Hinon», lugar maldito donde ciertos israelitas y sus reyes infieles habían quemado vivos a sus hijos e hijas en honor de Moloc (2 R. 23:10). Parece que en época de
Cristo se quemaba allí las basuras de Jerusalén.
Jesús empleó el término de «gehena» para hablar del fuego del infierno, de la manera que las
Escrituras usan en el mismo sentido los términos de horno, de tinieblas, de azufre.

(b) SUFRIMIENTO.
El sufrimiento del infierno. Los textos bíblicos insisten mucho sobre la ignominia, el tormento, el llanto, el crujir de dientes, la tribulación, la angustia, el sufrimiento que sufren los réprobos
(Dn. 12:2; Lc. 16:23-24; Mt. 13:42; Ro. 2:8-9; Jud. 7). Y el apóstol Juan añade: «Y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche... y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (Ap. 14:10-11; 20:10). ¿Cómo se pueden imaginar tales sufrimientos, y especialmente cómo se pueden conciliar con la concepción de un Dios de amor? Señalemos en primer lugar que la perdición será provocada precisamente por el rechazo del amor de Dios; por otra parte el Señor no habrá de hacer nada para atormentar a los que no quisieron Su salvación, a excepción de alejarlos de Sí (Mt. 25:41). ¿Acaso no dijo una vez a los israelitas que, por su incredulidad, habían rehusado entrar en la Tierra Prometida: «Y conoceréis lo que es estar privados de mi presencia»? (Nm. 14:34, Keil-Delitzsch).

El castigo será proporcional a la responsabilidad individual de cada cual. Dios no es injusto, y cada uno de los impíos será juzgado exactamente según sus obras (Ap. 20:12-13; Ec. 12:1, 16; Mt. 12:36;
Ro. 2:16; Jud. 14-15).
La responsabilidad de los culpables será evaluada según la luz recibida, y los que han pecado sin la ley, sin la ley perecerán (Ro. 2:12).
Las ciudades que rechazaron las enseñanzas de
Cristo serán juzgadas con mucha mayor severidad que Sodoma y Gomorra (Mt. 10:14-15; 11:20-24).
Unos serán azotados con pocos azotes, otros con muchos azotes (Lc. 12:47-48); de la misma manera que en el cielo habrá recompensas proporcionadas a la obra de cada uno (1 Co. 3:8).

(d) DURACIÓN.
La duración del infierno. La Biblia asigna al castigo de los impíos una duración eterna. En heb., como en gr., se emplean los mismos términos para designar la vida eterna y el tormento eterno (Dn.12:2; Mt. 25:46). Se trata de un fuego que no se puede apagar, de un gusano que no muere (Mt.
3:12; Mr. 9:48). Ver también en otros pasajes el uso del término eterno, en gr. «aionios» (Mr. 3:29;
2 Ts. 1:9; He. 6:2; Jud. 6, 7, 13). Este término aparece 71 veces en el NT. Hay algunos que piensan que solamente significa «de gran duración, en relación con el siglo (aion) venidero». Ahora bien, en 64 ocasiones eterno se aplica a las gloriosas realidades sin fin del otro mundo: Dios, el Espíritu, el Evangelio, la salvación, la redención, la herencia, la gloria, el reino, la vida eterna, etc. Y esta misma palabra se aplica 7 veces a la perdición. ¿No debe por ello significar asimismo una realidad sin fin?
Hemos visto que en Apocalipsis se afirma que el tormento se prolonga «por los siglos de los siglos» (Ap. 14:11; 19:3; 20:10). Y también en el mismo libro este término califica 10 veces la duración de la existencia de Dios, de Su gloria, reino, y del reino de los elegidos en el cielo (Ap. 1:6, 18; 11:15; 22:5, etc.). Ante tales declaraciones, quedamos profundamente afligidos. Además, no es posible dudar de la sabiduría, del amor, y de la justicia de Dios. Un día, en Su presencia, comprenderemos: «El juicio será vuelto a la justicia, y en pos de ella irán todos los rectos de corazón» (Sal. 94:15).

(e) ANIQUILACIÓN.
¿No serán aniquilados los impíos en el mundo venidero? No es esto lo que muestran las
Escrituras, por cuanto su tormento no tiene fin.
Sin embargo, los partidarios del «condicionalismo» afirman que, como Dios, «es el único que tiene inmortalidad» (1 Ti. 6:16). Él solamente la concede a aquellos que creen; a falta de lo cual dejarían de existir. Ahora bien, es cierto que sólo el Señor puede decir: «Yo soy la vida» y que conocerle a Él es la vida eterna (Jn. 14:6; 17:3); esta vida verdadera sólo es comunicada al creyente (Jn. 3:36; 1 Jn. 5:12). Pero la Biblia enseña que la muerte espiritual, bien lejos de ser la ausencia de existencia, es la separación de Dios, y la privación de la única verdadera felicidad.
Adán y Eva fueron excluidos del Edén después de su caída en base a Gn. 2:17; el hijo pródigo estaba «muerto» en su alejamiento de su Padre (Lc. 15:24
cp 1 Ti. 5:6); los efesios lo habían estado en sus delitos y pecados (Ef. 2:1,5).
En cuanto a la muerte segunda que sigue al Juicio
Final no es la aniquilación sino el lago de fuego, lugar de tormento eterno (Ap. 20:10; 21:8; 14:10-11).

(f) TODOS SALVOS.
¿No serán todos salvados un día? Los universalistas insisten en las palabras «todos» en los siguientes textos: «Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados... para que Dios sea todo en todos» (1Co. 15:22, 28; cp. Fil. 2:10-11; Ro. 11:32; Col. 1:20). Dicen ellos que el triunfo de Cristo no sería completo si tan sólo una criatura escapara de Su amor; un día, prosiguen, todos los pecadores, y el mismo diablo, serán salvos, después de haber sido purificados por el fuego del infierno (Stróter). Los textos bíblicos dicen algo muy distinto. Pablo dice: «En Cristo todos serán vivificados... los que son de Cristo en Su venida» (1 Co. 15:23). En
Cristo es la palabra clave. Los que están en Cristo son los creyentes (Ro. 6:5-11, 23; 8:1; cp. Ef. 2:10; Col. 3:11). Es evidente que se está hablando de todos los creyentes. Toda rodilla se doblará un día ante el Señor; esto es, todos, incluyendo Sus enemigos, se le someterán. Por otra parte, si los sufrimientos de un fuego purificador salvara las almas de los que han rechazado el evangelio aquí y ahora, su redención no tendría lugar por la sangre de Cristo. Y frente a esto cp. Sal. 49:8.

(g) PURGATORIO.
Doctrina católico romana del Purgatorio.
El Purgatorio es una ficción del catolicismo romano. Todos los pasajes bíblicos que tratan del más allá no presentan más que dos destinos: el cielo y el infierno, el camino ancho de la perdición y la puerta estrecha de la vida (Mt. 7:13, 14), la cizaña arrojada al horno y el trigo metido en el granero celeste (Mt. 13:41-43, 49, 50), las vírgenes insensatas son dejadas afuera y las prudentes reciben entrada (Mt. 25:10, 11), el servidor infiel es echado a las tinieblas de fuera y el siervo fiel entra en el gozo de su señor (Mt.13:21, 30), los malditos van al fuego al castigo eterno, los benditos a la vida eterna (Mt. 13:33-46), el rico malvado va a los tormentos sin poder de recibir ayuda alguna; y Lázaro va al seno de
Abraham (Lc. 16:22-23); hay la resurrección para vergüenza y condenación eterna, otra para vida eterna (Dn. 12:2; Jn. 5:29); los impíos son arrojados al lago de fuego y de azufre, y los elegidos entran en la Jerusalén celestial (Ap. 21:1-4, 8).
Cristo murió diciendo: «¡Consumado es!» (Jn.
19:30). El hombre es justificado «gratuitamente por Su gracia. ... por la fe sin las obras» (Ro3:23,28).
No es, pues, el sufrimiento en un «purgatorio» lo que expía el pecado ya abolido por la cruz (He. 9:26; 10:10, 17-18), y de los que solamente la sangre de Cristo nos purifica enteramente (1 Jn.1:7, 9).

(h) CÓMO ESCAPAR.
Cómo escapar al infierno.
Siendo que es tan horrendo el castigo en el mundo venidero, nuestro principal interés debiera ser evitarlo a todo precio. Este es también el deseo de
Dios para nosotros, y la condición que ha puesto para ello son de lo más simple. Él ha dado a Su Hijo unigénito, a fin de que todo aquel que crea en Él no se pierda (Jn. 3:16). Todo el que oye Su palabra y cree... tiene la vida eterna y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida (Jn. 5:24). «El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente» (Ap. 22:17). En suma, van al infierno los que así lo quieren, y van al cielo los que quieren.
Un día, Cristo lloró sobre Jerusalén diciendo:
«¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mt. 23:37). Que sea de manera que jamás nos haga a nosotros tal reproche.
Bibliografía.
Anderson, Sir Robert: Human Destiny (Pickering
and Inglis), Londres s/f; Darby, J. N.: «On
Everlasting Punishment», The Bible Treasury,
Dic. 1868; Lacueva, F.: Escatología II (Clie,
Terrassa, 1983); Pache,R.: L'Au-Delá (Éditions
Emmaús, Suiza); Pentecosts, J. D.: Eventos del
Porvenir (Libertador, Maracaibo 1977).

LA GUERRA INTERNA ENTRE EL VIEJO HOMBRE Y EL NUEVO HOMBRE.


                                                         LAS DOS NATURALEZA

 Un gran número de personas que han creído en el Señor Jesús aceptándolo como su Salvador, han descubierto una nueva experiencia poco después de haber creído en El: parecen tener dos naturalezas en su corazón. Estas dos naturalezas son incompatibles una con la otra; una es maligna, y la otra es buena. Algunas veces, cuando la naturaleza buena domina, la persona se vuelve muy amorosa, paciente, bondadosa y dócil. Pero otras veces, cuando prevalece la naturaleza maligna, tal persona se vuelve celosa, malhumorada, perversa y obstinada. Los creyentes que pasan por tal experiencia, sufren constantes altibajos en su vida diaria. Algunas veces, tal parece que su condición espiritual se encuentra en la cumbre de la montaña, pero otras veces, parecen estar sumidos en un valle profundo. Esta clase de vida espiritual también es semejante a las olas del mar, algunas veces altas y otras veces bajas. ¡Los creyentes que se hallan en tal condición se desconciertan! ¿Por qué sienten gozo? ¿Y por qué se sienten tristes? ¿Por qué algunas veces somos capaces de amar tanto a cierta persona y podemos soportar las burlas de los demás? ¿Y por qué otras veces estamos tan carentes de amor y nos mostramos impacientes? Cuando esta persona se encuentra en la cumbre de su condición espiritual, experimenta paz y gozo inefables. Pero cuando está abatida espiritualmente, se llena de tristeza y se siente deprimida. Antes de haber creído en el Señor, aquella persona era bastante insensible, incluso cuando pecaba. Pero ahora es muy distinta. Tal vez, accidentalmente, diga algo equivocado o haga algo malo. Anteriormente, consideraba estas cosas como triviales y no le molestaba su conciencia. Pero ahora, se condena a sí misma y se halla sumida en un intenso sentimiento de culpa. Aunque nadie la condena, esta persona se reprocha a sí misma por haber hecho tales cosas.

 Tal sentimiento de culpa es abrumador. Hace que el creyente se sienta avergonzado, culpable y bajo condenación. Sólo después de comprobar que el Señor ha perdonado completamente sus pecados y después de recuperar su gozo espiritual, este creyente puede sentirse contento. Sin embargo, esta clase de felicidad no le dura mucho. Aquellos creyentes que permanecen en tal nivel de crecimiento en la vida divina, muy pronto tropezarán nuevamente y ¡perderán nuevamente su gozo! Al poco tiempo, ¡se encontrarán cometiendo nuevamente el mismo pecado! Les parece tan natural caer en pecado. Es como si algún poder interno los dominara en un instante, y los condujera a decir y hacer algo errado sin poder controlarse. Al estar en tal condición, dichos creyentes invariablemente se encuentran llenos de remordimiento. Invariablemente, ellos hacen ante el Señor una serie de votos y decisiones. Se imponen a sí mismos una serie de normas, con la esperanza de no cometer nuevamente el mismo error. A la vez, ruegan ser limpiados nuevamente con la sangre del Señor y procuran que el Señor los llene nuevamente del Espíritu Santo. Después de esto, parecen sentirse bastante satisfechos y creen haber dejado atrás su último pecado; piensan que de ahora en adelante se encuentran camino a la santidad. Sin embargo, los hechos son contrarios a tales deseos, pues muy pronto, quizás apenas unos días después, ¡caen nuevamente! Una vez más, se hunden en un profundo remordimiento a causa de su fracaso y se sienten profundamente acongojados; sus esperanzas de llegar a ser santos se hacen añicos. Todas las decisiones que tomaron y las normas que se impusieron a sí mismos, no les han servido de nada. Y aunque probablemente reciban de nuevo el perdón del Señor, les resulta difícil creer que serán capaces de refrenarse para no pecar nuevamente. Aunque todavía oran, rogando al Señor que los guarde, abrigan muchas dudas en su corazón y comienzan a preguntarse si verdaderamente el Señor puede guardarlos de volver a pecar.


Los nuevos creyentes experimentan esto con mucha frecuencia. Casi a diario, se condenan a sí mismos y se llenan de congoja. A veces se condenan a sí mismos varias veces al día, incluso docenas de veces diariamente. Tal vida en la que se encuentran vagando en el desierto, hace que lleguen a dudar hasta de haber sido regenerados. Así que, llegan a pensar que si pecan todo el tiempo, ¡probablemente quiere decir que todavía no han sido regenerados! La desilusión y el desaliento que sienten en tales ocasiones son tan profundos, que incluso con lágrimas no pueden ser expresados.
Puesto que estos creyentes han experimentado muchos fracasos, se proponen permanecer alertas y resuelven combatir hasta el final en contra del pecado que mora en ellos. Constantemente se recuerdan a sí mismos que deben permanecer en guardia por si sus antiguas debilidades los atacaran nuevamente. Procuran mejorar en aquellas áreas en las que antes han fracasado constantemente. Han resuelto despojarse “del pecado que tan fácilmente nos enreda” (He. 12:1). Por supuesto, esto les ayuda mucho en cuanto a su conducta externa. Sin embargo, el pecado que mora en ellos sigue tan activo como antes; no han logrado sofocar su energía. A la postre, dichos creyentes fracasan nuevamente.



 Consideremos el caso de alguien que procura dominar su mal genio. Después que un creyente se da cuenta de que su pecado recurrente consiste en que fácilmente da rienda suelta a su enojo, procurará estar alerta y controlarse en todo momento. Quizás esto le dé resultado cuando se trata de pequeños inconvenientes; tal vez le ayude a vencer una o dos tentaciones. Sin embargo, aunque sea capaz de contener su ira temporalmente, cuando los demás continúen irritándolo, llegará el momento en que dará rienda suelta a su ira. Quizás haya tenido éxito en algunas ocasiones, pero en cuanto se descuide, se enojará nuevamente. Cuando es tentado, probablemente haya un conflicto muy grande en su corazón. Por un lado, este creyente sabe que no debe enojarse, sino que debe ser amable. Por otro lado, cuando considera cuán irracional y ofensiva es la otra persona, siente la necesidad de defenderse y castigar tal comportamiento. Esta clase de conflicto resulta bastante común entre los creyentes. Lamentablemente, con frecuencia el resultado es el fracaso en lugar de la victoria. Una vez que agotan su paciencia, fracasan nuevamente. Una persona que verdaderamente ha sido regenerada, atraviesa con frecuencia por esta clase de experiencias al comienzo de su vida cristiana. ¡No podemos saber cuántas lágrimas son derramadas a causa de las derrotas que experimentamos en esta clase de conflictos internos!

Amados hermanos, ¿han sufrido ustedes las experiencias que acabamos de describir? ¿Quieren conocer el motivo de todas ellas? ¿Desean superarlas? Quiera el Señor bendecir nuestra plática el día de hoy, a fin de que aprendamos a crecer en Su gracia.
Antes de hablar de nuestra condición actual, necesitamos primero comprender qué clase de persona éramos antes de creer en el Señor. Después, hablaremos de nuestra condición después de haber creído. Sabemos que somos personas compuestas de tres partes: el espíritu, el alma y el cuerpo. El espíritu es el órgano con el cual tenemos comunión con Dios. Los animales no tienen espíritu y, por tanto, no pueden adorar a Dios.
El alma es el asiento de nuestra personalidad. Nuestra voluntad, mente y parte emotiva son funciones que corresponden a nuestra alma.



Aunque el hombre es un ser caído, todavía posee estas tres partes. Y después de haber sido regenerado, el hombre aún posee estas tres partes. Cuando Dios creó al hombre, lo creó con la capacidad de tener conciencia de sí mismo; así, el hombre era una criatura viviente y poseedora de una conciencia.
El hombre tenía un espíritu y, por ello, difería de las otras clases inferiores de criaturas. Además, el hombre poseía un alma y, por ende, difería de los ángeles de luz, quienes son únicamente espíritu. La parte central del hombre era su espíritu, el cual controlaba todo su ser; es decir, el espíritu del hombre controlaba su alma y su cuerpo. El hombre vivía completamente en función de Dios; las emociones de su alma y las exigencias de su cuerpo estaban todas gobernadas por su espíritu y tenían como único propósito glorificar a Dios y adorarlo.


Pero ¡he aquí que el hombre cayó! Esta caída no eliminó ninguno de los tres elementos de los cuales estaba compuesto el hombre. Sin embargo, el orden de estos tres componentes fue alterado.
La condición del hombre cuando aún estaba en el huerto del Edén, nos muestra claramente que la humanidad se había rebelado contra Dios; su amor por Dios había cesado, y el hombre se había declarado independiente de Dios. Génesis 3:6 dice: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer” [esto alude a los apetitos del cuerpo, los cuales surgen primero], “y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable” [esto alude al afecto que surge de nuestra parte emotiva en el alma, el cual surge después que los deseos del cuerpo se han manifestado]  para alcanzar la sabiduría [tal era la insinuación hecha por Satanás: “Y seréis como Dios, sabiendo...” (3:5);

Se trataba, por tanto, del espíritu que rechazaba a Dios y del hombre que procuraba satisfacer los apetitos del alma y del cuerpo; esto es lo que ocurre finalmente]”.
Así, el hombre cayó, y su espíritu, su alma y su cuerpo se vieron afectados.
Entonces, el espíritu quedó sujeto al alma, y el alma fue dominada por sus muchas tendencias.
El cuerpo, a su vez, desarrolló muchos deseos y apetitos anormales, con los cuales seducía al alma.
Originalmente, el espíritu era quien dirigía al hombre; pero ahora, era el cuerpo el que lo dirigía a fin de satisfacer sus concupiscencias.
En la Biblia, a estos apetitos del cuerpo se les llama: la carne. A partir de ese momento, el hombre llegó a ser carne (Gn. 6:3). Esta carne constituye ahora la naturaleza propia del hombre que ha pecado; ha llegado a ser la constitución natural del hombre. La naturaleza de nuestro ser es aquel principio vital o constitución intrínseca que rige todo nuestro ser. Desde los tiempos de Adán, todo aquel que es nacido de mujer lleva en sí esta naturaleza pecaminosa; es decir, todos somos de la carne. Después de haber comprendido cuál es el origen de la carne y que la carne no es sino nuestra naturaleza pecaminosa, ahora podemos considerar el carácter de esta carne. No podemos esperar que esta carne mejore.

La naturaleza humana es muy difícil de cambiar; de hecho, no cambiará. El Señor Jesús dijo: “Aquello que es nacido de la carne, carne es”. Notemos el último vocablo: “es”. Aquello que es nacido de la carne, es carne. No importa cuánto se reforme una persona, ni cuánto mejore y se eduque, la carne sigue siendo carne.

La regeneración no es algo que el hombre pueda sentir; más bien, es la operación del Espíritu Santo de Dios en nuestro espíritu, mediante la cual nuestro espíritu recobró la posición que había perdido y la vida de Dios se estableció en nuestro espíritu.
“El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Jn. 3:8). Todos aquellos que verdaderamente han creído en el Señor Jesús, poseen el Espíritu Santo, el cual opera en ellos de esta manera. Aquellos que sólo ejercitan sus labios o su mente al creer, en realidad no han sido regenerados; pero todos aquellos que creen con el corazón, son salvos (Ro. 10:9) y ciertamente han sido regenerados.
Ahora bien, dos naturalezas surgen en el creyente. Una es la naturaleza pecaminosa, la carne, la cual es la naturaleza del viejo Adán; y la otra es la vida espiritual, el “espíritu nuevo”, cuya naturaleza es la de Dios. Hermanos, ustedes han creído en el Señor Jesús y saben que son salvos. Por este motivo, ya han sido regenerados. Ahora, deben saber que en ustedes coexisten dos naturalezas. Estas dos naturalezas son causa de innumerables conflictos internos. La razón por la que ustedes fluctúan de arriba a abajo y por la cual alternan entre la victoria y la derrota, es que estas dos naturalezas ejercen influencia sobre ustedes. Estas dos naturalezas son la clave para comprender el enigma de una vida constante de lucha.



El hecho de que un nuevo creyente experimente conflictos internos y sentimientos de culpa, comprueba que éste ha sido regenerado. Una persona que no ha sido regenerada, aún está muerta en sus pecados. Si bien es posible que a veces se sienta condenada por su conciencia, tal sentimiento de culpa es bastante vago. Si una persona no posee la nueva naturaleza, es obvio que no experimentará conflicto alguno entre la nueva naturaleza y la vieja naturaleza.
La Biblia describe claramente el conflicto que existe entre la nueva y la vieja naturaleza. En Romanos 7, valiéndose de su propia experiencia, Pablo describe vívidamente la clase de vida que llevamos al estar inmersos en tal conflicto: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no practico lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (v. 15). Este es el conflicto que existe entre la nueva y la vieja naturaleza.



La descripción hecha aquí corresponde a la experiencia de un creyente recién nacido. Cuando atraviesa por tales experiencias, esta persona es todavía un bebé en Cristo. Por encontrarse en la infancia de su vida espiritual, todavía es infantil y desvalido. En este versículo, la nueva naturaleza es la que “quiere” y “aborrece”. Si bien la nueva naturaleza quiere hacer la voluntad de Dios y aborrece el pecado, la vieja naturaleza es demasiado fuerte. Esto, junto a lo débil que pueda ser la voluntad de una determinada persona, lo impulsa a pecar. Sin embargo, la nueva naturaleza no peca. “De manera que ya no soy yo quien obra aquello, sino el pecado que mora en mí” (v. 17). El primer sujeto es el “yo”, el cual corresponde a la persona que posee la nueva naturaleza. Aquí, “el pecado” es otro nombre dado a la vieja naturaleza. Por tanto, este versículo significa que quien peca no es el nuevo “yo”, sino la naturaleza pecaminosa. Por supuesto, esto no exime de responsabilidad al hombre. A continuación, Pablo describe las contradicciones que existen entre la nueva naturaleza y la vieja naturaleza, esto es, la contradicción que existe entre la naturaleza pecaminosa y la vida espiritual.
“Pues yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso practico...
Así que yo, queriendo hacer el bien, hallo esta ley:
Que el mal está conmigo. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que está en guerra contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Ro. 7:18-23).




Esta es la experiencia común de todos los creyentes: deseamos hacer el bien, pero somos incapaces de hacerlo; así como también deseamos oponernos a lo malo y, no obstante, somos incapaces de resistirlo. Cuando la tentación viene, cierto poder (una “ley”) anula nuestro anhelo de santidad. Como resultado de ello, hablamos lo que no debiéramos hablar y hacemos lo que no debiéramos hacer. A pesar de tantas resoluciones y votos, somos incapaces de evitar que tal poder opere en nosotros.
En Gálatas, Pablo describe nuevamente el conflicto que existe entre estas dos naturalezas: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (5:17).
La vieja naturaleza y la nueva naturaleza son enemigas la una de la otra. Ambas luchan por ganar absoluta primacía sobre nosotros.
La vieja naturaleza tiene sus propios deseos y su propio poder, y la nueva naturaleza también tiene los suyos. Ambas naturalezas existen en nosotros simultáneamente. Por tanto, el conflicto es constante. Esto es similar a cuando Esaú y Jacob estaban en el vientre de Rebeca; el uno era diametralmente opuesto al otro, y pugnaban entre sí aun dentro del vientre de su madre. Antes de continuar, es necesario que primero entendamos las características que ambas naturalezas poseen. La vieja naturaleza es nacida de la carne. Así que, en ella “no mora el bien” (Ro. 7:18). Por su parte, la nueva naturaleza procede de Dios, y por tanto “no puede pecar” (1 Jn. 3:9). La nueva naturaleza y la vieja naturaleza difieren por completo. No sólo proceden de dos fuentes distintas, sino que difieren incluso en cuanto a su función. Sin embargo, ambas coexisten en el creyente. La vieja naturaleza es la carne.      “Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios” (Ro. 8:8).



La nueva naturaleza es el espíritu nuevo. “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y con veracidad es necesario que adoren”. Si no tuviéramos que compararla con la nueva naturaleza, en términos humanos, la vieja naturaleza no nos parecería tan mala, pese a sus tendencias a ser indulgente consigo misma y a la concupiscencia. Sin embargo, cuando una persona ha sido regenerada, junto con la nueva vida recibe una nueva naturaleza. Al comparar la nueva naturaleza con la vieja naturaleza, las verdaderas características de la vieja naturaleza son puestas en evidencia.
En contraste con la nueva naturaleza, resulta evidente que la vieja naturaleza es maligna, mundana e incluso demoníaca. La nueva naturaleza, por su parte, es santa, celestial y divina. Con el paso del tiempo, la vieja naturaleza se ha mezclado profundamente con nuestra persona misma; por eso, se requiere de un tiempo bastante prolongado para que, en nuestra experiencia, esta vieja naturaleza sea anulada. La nueva naturaleza recién ha nacido en nosotros y, debido a que la carne y la naturaleza pecaminosa han llegado a ser tan fuertes en nuestro ser, tanto el crecimiento de la nueva naturaleza como el desarrollo de sus funciones se hallan reprimidos. Por supuesto, hablamos únicamente desde la perspectiva humana. Esto es semejante a las espinas que ahogan el crecimiento de la semilla, la palabra de Dios. Debido a que ambas naturalezas se oponen entre sí, cuando viene la tentación, experimentamos conflictos feroces. Puesto que la vieja naturaleza se ha hecho tan fuerte y la nueva naturaleza todavía es débil, frecuentemente terminamos haciendo aquello que no deseamos hacer y no somos capaces de hacer aquello que quisiéramos. Ya que la nueva naturaleza es santa, cuando fracasamos, nos sentimos profundamente arrepentidos y nos condenamos a nosotros mismos, suplicando que la sangre de Cristo nos limpie del pecado. Ahora pueden comprender por qué experimentan conflictos internos.

                                                      Ahora, la pregunta más crucial es:

 ¿Cómo podemos obtener la victoria? En otras palabras, ¿cómo podemos rechazar el poder que ejerce sobre nosotros la vieja naturaleza así como la operación que ésta realiza en nosotros? Además, ¿cómo podemos andar según las aspiraciones de la nueva naturaleza, a fin de agradar a Dios?
Leamos los siguientes tres versículos:
“Pero los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias” (Gá. 5:24)
“Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”. “Digo pues: Andad por el Espíritu, y así jamás satisfaréis los deseos de la carne” (vs. 25 y 16).

Estos tres versículos nos muestran dos maneras de vencer la carne, o sea, la naturaleza pecaminosa, la vieja naturaleza, la naturaleza adámica. De hecho, ambas maneras no son sino dos aspectos o fases de un mismo método: la cruz y el Espíritu Santo conforman la única manera en la que podemos vencer la naturaleza pecaminosa. Aparte de este único camino, cualquier resolución humana, voto o determinación, está destinado al fracaso.
Hemos visto que todos nuestros fracasos son causados por la tenacidad de la naturaleza pecaminosa; llegamos a caer muy bajo debido a tal naturaleza. Por tanto, si vencemos o no, dependerá de si somos capaces de enfrentarnos a nuestra naturaleza pecaminosa, la cual es nuestra carne. Damos gracias a Dios porque, aunque somos tan débiles, Él ha preparado la manera para que venzamos. En la cruz, Dios preparó el camino para nosotros. Cuando el Señor Jesús fue crucificado, El no sólo murió por nosotros, sino que además, El crucificó nuestra carne juntamente con El en la cruz. Por tanto, la carne de todos los que pertenecemos a Cristo Jesús y que hemos sido regenerados, ha sido crucificada. Cuando El murió en la cruz, nuestra carne también fue crucificada. La muerte del Señor Jesús fue una muerte que incluyó dos aspectos: una muerte vicaria, y una muerte con la cual podemos identificarnos y a la cual podemos estar unidos. Ambos aspectos fueron plenamente realizados en la cruz. Anteriormente, creímos en Su muerte vicaria y fuimos regenerados. Y ahora, de la misma manera, creemos que nuestra carne ha sido crucificada juntamente con El y, así, somos llevados a experimentar la muerte de nuestra carne.

Sabemos que la carne nunca dejará de ser carne. Por eso Dios nos dio una nueva vida y una nueva naturaleza. Pero entonces, ¿qué haremos con nuestra carne? Puesto que Dios la consideró sin esperanza y sin posibilidad alguna, El determinó darle fin, es decir, la hizo morir. No hay otra opción que la de hacer morir la carne. Por tanto, “los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias”. Esto es hacer morir la carne.

¿Cómo conseguimos experimentar esta crucifixión? Hemos dicho que la manera de hacerlo es por medio de la fe. Romanos 6:11 dice: “Así también vosotros, consideraos muertos al pecado”. Aquí, el pecado se refiere a nuestra naturaleza pecaminosa, la cual es nuestra carne. Por nosotros mismos no podemos hacer morir la carne. La única manera de lograrlo es considerarla muerta.
Pero para considerarla muerta, para reconocerla como tal, debemos ejercitar nuestra voluntad y nuestra fe. Esto implica que diariamente adoptemos la actitud de que estamos muertos para la carne, que creamos en la palabra de Dios y que consideremos que todas las palabras de Dios son verdaderas.
Si reconocemos esto como un hecho, veremos cómo la cruz nos libera y cómo la carne pierde su poder. Lo cierto es que, una vez que nos consideramos muertos, experimentamos victoria inmediata. No obstante, muchos experimentan una liberación gradual del poder de la carne. Esto se debe a su propia necedad o a que los espíritus malignos persisten.



Pero si perseveramos en la fe y ejercitamos nuestra voluntad adoptando la actitud apropiada, obtendremos finalmente la victoria. Sin embargo, esto no quiere decir que de ahora en adelante la naturaleza pecaminosa ya no estará presente en nosotros, y que sólo tendremos la nueva naturaleza.
Si afirmásemos tal cosa, caeríamos en herejía. Además, esto haría confusa la enseñanza de la Biblia y no sería fiel a la experiencia real de los santos. Hasta que seamos librados de este cuerpo de pecado, nunca seremos completamente libres de la “carne” —nuestra naturaleza pecaminosa—, la cual se origina en el cuerpo de pecado. Aunque hemos aceptado la obra de la cruz, necesitamos continuamente “andar por el Espíritu”, ya que la carne todavía está presente en nosotros. Si hacemos esto, jamás satisfaremos “los deseos de la carne”.
Una persona puede leer en la Biblia acerca de la manera de vencer la carne, la naturaleza pecaminosa, y puede escuchar a otros hablar acerca de ello. Pero sólo cuando compruebe esto por experiencia propia, comprenderá que se trata de algo real.
Con frecuencia he dicho que es posible experimentar esto en el mismo momento en que creemos en el Señor. Sin embargo, en mi caso, ¡pasó mucho tiempo antes de que lo experimentara! ¿Por qué sucede así? Porque muchas veces nos esforzamos por nuestra propia cuenta. Aunque afirmamos que confiamos en la cruz, en un treinta por ciento de los casos en realidad estamos confiando en nosotros mismos o en nuestras propias “consideraciones”. Muchas veces Dios permite que seamos derrotados, para que nos demos cuenta de que nada en nuestra propia experiencia es digno de confianza. Incluso “considerarnos muertos”, por cuenta propia, no reviste mérito alguno.
La voluntad es como un timón que puede hacer girar la nave entera. Sin embargo, un timón que no funciona es inútil.


Andar en el Espíritu significa confiar calmadamente en el Espíritu Santo para todo, a fin de que manifestemos los nueve aspectos del fruto del Espíritu Santo. El Señor nos guiará de una manera concreta, paso a paso, a adentrarnos en el misterio que este asunto representa. Sin embargo, por nuestra parte, debemos ser fieles.